- Las Cuevas de María Moco abren al público por primera vez en Cádiz.
- El recorrido de 200 metros recorre galerías militares del siglo XVIII.
- La colaboración con la Armada y la exposición 'Cádiz, la Armada y la Ciencia' complementan la visita.
- Más de 2.000 personas podrán visitarlas en grupos reducidos.

Las Cuevas de María Moco, uno de los enclaves más misteriosos del imaginario gaditano, han abierto por fin sus puertas al público. El Ayuntamiento de Cádiz inició este miércoles las primeras visitas guiadas a estas galerías subterráneas, que durante siglos han permanecido ocultas bajo el Frente de Tierra. La apertura se enmarca en el programa ‘Cádiz, Emporio del Orbe’, que busca recuperar espacios históricos abandonados y acercar a la ciudadanía una parte de su pasado defensivo. La expectación ha sido enorme, con miles de solicitudes para disfrutar de un recorrido limitado por seguridad.
El alcalde Bruno García ha subrayado que estas cuevas pasan así «de la leyenda a la realidad», permitiendo a los gaditanos descubrir un espacio que hasta ahora solo existía en los relatos populares. La colaboración del Instituto Hidrográfico de la Marina ha sido clave, ya que los túneles se ubican en un recinto militar. Junto a la visita, se ha inaugurado también la exposición ‘Cádiz, la Armada y la Ciencia’, que contextualiza el papel de la ciudad en el desarrollo naval y científico de España.
Un hito para Cádiz
La apertura de las Cuevas de María Moco supone un hito en la recuperación del patrimonio histórico gaditano. Durante décadas, estos túneles fueron parte de la leyenda urbana, con historias de contrabandistas, desapariciones y tesoros ocultos. Ahora, los visitantes pueden comprobar in situ que se trata de un sistema defensivo real, construido en el siglo XVIII para proteger a la ciudad de posibles desembarcos. El arqueólogo municipal, José Gener, ha explicado que las galerías formaban parte de ‘una defensa bajo tierra’ complementaria a las murallas y baluartes visibles en la superficie.

El tramo habilitado para las visitas tiene una longitud de aproximadamente 200 metros, aunque se sabe que la red es mucho más extensa. Las galerías se excavaron con muros de piedra ostionera y bóvedas de ladrillo, y estaban diseñadas para albergar fusileros que disparaban a través de aspilleras. Este sistema nunca llegó a utilizarse en combate, pero se conserva en buen estado y resistió incluso la explosión de 1947, que dañó estructuras cercanas.

Qué son realmente las Cuevas de María Moco
Más allá de los mitos, las Cuevas de María Moco son un conjunto de galerías militares conocidas como Galerías de Fusileros. Se sitúan bajo el Frente de Tierra, en una zona que antiguamente era playa de fango y resultaba vulnerable ante un ataque desde el mar. Los soldados se apostaban en el interior para defender el punto con fusiles de avancarga, cuyo humo se ventilaba a través de respiraderos. La distribución de las aspilleras permitía que mientras unos disparaban, otros recargaran, manteniendo así una cadencia constante.

El arqueólogo municipal José Gener ha señalado que la construcción se llevó a cabo en la segunda mitad del siglo XVIII, dentro de los planes de fortificación impulsados por la ingeniería militar de la época. No se trata de un único laberinto subterráneo, sino de varias galerías independientes, algunas de las cuales continúan cerradas por seguridad. En ellas existen pozos que alcanzan hasta 13 metros de profundidad, por lo que el acceso está restringido.

Las leyendas y el imaginario popular
El nombre de María Moco sigue siendo un misterio. No hay documentación que explique su origen, y las historias que circulan hablan de una mujer enamorada de un comandante, una gitana vinculada a la brujería o una contrabandista. Estas leyendas han alimentado durante años la curiosidad de los gaditanos, que veían en las cuevas un lugar prohibido. A principios del siglo XX, se registraron incidentes de personas que caían en pozos o se perdían en el interior, e incluso se ordenó tapiar los accesos para evitar que se convirtieran en refugio de delincuentes.

Sin embargo, la realidad histórica es más prosaica. Las galerías fueron utilizadas para el contrabando y como escondite ocasional, pero también sirvieron para otros usos, como el de un guardavía que las empleó como gallinero. La intervención actual ha consistido principalmente en limpieza y acondicionamiento, preservando las estructuras originales. Las inscripciones que se ven en las paredes, como marcas de nivel, recuerdan su función técnica.

Un recorrido limitado y con gran demanda
Las visitas se realizan en grupos reducidos por seguridad, con doce pases diarios de unos 15 a 30 minutos, según las fuentes. El Ayuntamiento había previsto que unas 2.000 personas pudieran disfrutar de esta experiencia, una cifra que se ha quedado corta ante las casi 5.000 solicitudes recibidas. El alcalde Bruno García ha indicado que el acceso estará limitado al aforo máximo permitido y que, de momento, la apertura es temporal, con posibilidad de repetirse en el futuro si se alcanza un acuerdo con la Armada.

Antes de entrar en las cuevas, los visitantes pueden ver la exposición ‘Cádiz, la Armada y la Ciencia’, instalada en el Instituto Hidrográfico. Esta muestra recorre el papel de la ciudad en el desarrollo naval y científico desde 1717, cuando se trasladó la Casa de Contratación, hasta la creación de instituciones como el Observatorio Astronómico. El recorrido se completa con la bajada a las galerías, donde se entrega un quinqué a los participantes para recrear el ambiente original.
La apertura de las Cuevas de María Moco representa la materialización de un sueño colectivo para Cádiz. Lo que era una leyenda se ha convertido en una visita real, que permite conocer de cerca la ingeniería militar del siglo XVIII y las historias que han rodeado este lugar. Aunque la demanda supera con creces la capacidad, esta iniciativa marca un precedente para futuras aperturas y consolida al programa ‘Cádiz, Emporio del Orbe’ como un vehículo para recuperar el patrimonio oculto de la ciudad. La experiencia, sin duda, deja una nueva perspectiva sobre un rincón que siempre estuvo ahí, pero que hasta ahora había permanecido vedado a la mayoría.